El mío se micro-despierta, ¿y el tuyo?

Es la pregunta del millón, una de las razones por las que las familias acuden a los grupos de apoyo, la causante de los desvelos (y nunca mejor dicho) de millones de adultos: el sueño infantil.

A algunos padres les es difícil entender que los bebés nacen con un patrón de sueño totalmente distinto al de un adulto. Sin embargo, sí que son capaces de ver que en un recién nacido las necesidades de alimentación, el crecimiento, el desarrollo físico y neurológico están a años luz del de una persona madura (a nadie se le ocurre dar una paella a un bebé de una semana o poner a andar a un bebé de dos meses).

¿Por qué esperamos que nuestros bebés duerman igual que un adulto si los seres humanos tenemos diferentes patrones de sueño según nuestra edad (y las circunstancias vitales que nos rodean en cada momento)?

Todos entendemos que cuando el ser humano llega a la vejez, el patrón de sueño se altera. Sabemos que las personas mayores suelen pasar más horas de vigilia, duermen menos y que el hecho de que esto ocurra no es patológico (estamos hablando de mayores de 70 años).

Cuando somos padres, nuestro sueño se vuelve más ligero. Es propio de la especie el que la madre mantenga una cierta vigilia y se despierte al menor indicio de que su bebé no respira o cuando siente que algo no va bien. Y esto tampoco lo vemos como un signo de enfermedad.

Calm¿Y el bebé? El recién nacido viene de un lugar, el seno materno, en el que ha pasado nueve meses comiendo cuando lo necesitaba, durmiendo lo que su cuerpo le pedía, viviendo en una temperatura constante y alejado de sonidos que le alterasen. Cuando nace, llega a un medio en el que pocas madres mantienen durante un tiempo las condiciones que el bebé tuvo en el útero. No hay proceso de adaptación: del medio líquido en el que el bebé era mecido por el movimiento del líquido amniótico, arrullado por el murmullo de la voz de su madre, tranquilizado por el sonido de su corazón, mantenido en una temperatura idónea, pretendemos que pase a una cuna, sin contacto humano, donde le rodea aire (en la tripa de su madre se sentía abrazado y contenido), donde no tiene cerca a quien es para él la persona más importante del mundo. Y es la más importante, no sólo porque a su entender es la que le ha dado la vida y le ha acompañado todo este tiempo, sino porque es la única conocida para el bebé y, por ende, la única que para él sirve de intermediaria entre el mundo y él. La madre es la que ostenta en la conciencia del bebé su salvación; de ella depende su vida, pues él no entiende de objetos de silicona, ni de osos de peluche, ni de sábanas de hilo o mantas mullidas. Para el bebé, un ser con un instinto intacto, que se mantiene igual que hace millones de años, la madre es la que representa el alimento, la seguridad, la vida en oposición a la muerte. Una muerte que sobreviene al estar indefenso, y si la madre no está cerca, él se siente desamparado, pues su cerebro, ante la desaparición de la madre, sólo entiende que ella ya no está, pero no es capaz de inferir que volverá o que esa desaparición es pasajera.

El recién nacido nace incapacitado para desplazarse e ir en busca de alimento. Es de los pocos mamíferos que horas después de nacer no son capaces de sostenerse en pie. En la experiencia con animales, entendemos que si una perra se aleja de los cachorros, éstos giman reclamando su presencia y su calor, se detecta su miedo (el depredador puede acechar o, si la madre ha desaparecido y no vuelve, acecha una muerte certera). ¿Qué nos hace pensar que nuestro bebé tiene un instinto más evolucionado? El instinto de supervivencia funciona de la misma manera para todas las especies: el ser que se siente indefenso pide que su entorno le sostenga y ampare. Y esto es lo que siente nuestro bebé y hace que reaccione llorando (como si la cuna tuviera pinchos) cada vez que lo dejamos en ella.

Ethel Barrymore, 1879-1959En las consultas sobre cuestiones de sueño infantil, gran parte del problema real radica en las expectativas y la información errónea de los padres. Los manuales sobre el sueño abundan en los estantes de la sección de crianza de las librerías y suele ser también uno de los tipos de libros más presentes en todas las casas donde hay un recién nacido. Pero no todos los libros basan su información en la evidencia científica. Ello es causa de malos diagnósticos y contribuye a que convirtamos en patológico un comportamiento absolutamente sano y natural. Muchos bebés son amaestrados en base a técnicas conductistas que tratan de paliar problemas de sueño que no son tales y las consecuencias de aplicar estos métodos duran toda la vida. Sirva como ejemplo este estudio llevado a cabo sobre el estrés acumulado durante la infancia (el uso de estas técnicas de adiestramiento lo primero que genera es estrés) y las enfermedades autoinmunes en la vida adulta.

Cuando unos padres relatan angustiados que su bebé no duerme, hay que valorar ese “no duerme”. ¿Cuántas horas duerme en total durante el día? ¿Si se despierta y es atendido de inmediato, sigue durmiendo? ¿Qué edad tiene el bebé? ¿Qué consideran los padres que debería hacer su hijo o hija?

En un niño, las fases de sueño distan mucho de seguir el mismo patrón que las de un adulto (en el libro “Dormir sin lágrimas” de Rosa Jové viene muy bien explicado). Si tenemos esto en cuenta, sabremos distinguir un micro-despertar, de un despertar. Un micro-despertar es una fase del sueño que se da siempre, pero que se aprende a gestionar con el tiempo. En un adulto, se observa que es el momento durante el sueño en que la persona cambia de postura, se tapa o destapa, se rasca… Un bebé, cuando llega a este punto de micro-despertar, busca succionar para volverse a dormir: es lo que le tranquiliza y lo que a nivel neurológico necesita. Si el bebé tiene fácil esa succión, su micro-despertar no pasará de ahí; si no encuentra el medio de calmarse, se despertará.

Bebe mamaMuchos padres, al observar este comportamiento, consideran que esto no debería prolongarse demasiado en el tiempo (es frecuente que empiecen a plantearse este tema en algún momento durante el primer trimestre de vida del bebé). Piensan que el niño se puede malacostumbrar y que pasará a ser un adulto incapaz de gestionar su sueño. No es así. El bebé que ve satisfecha su demanda es el que aprende a gestionarla. A medida que su conciencia del mundo que le rodea aumenta, va integrando la nueva información y va comprendiendo poco a poco que mamá no siempre está a mano pues es un ser separado de él, que si la necesita acudirá a su llamada (pues es lo que debemos hacer ya que así se sentirá seguro) y, paulatinamente, irá necesitando cada vez menos la presencia de la madre mientras duerme. Las palabras clave son “poco a poco” y “paulatinamente”; esta adaptación dura varios años.

Sin embargo, ¿qué ocurre si el bebé se despierta, no siente a su madre, llora angustiado y su llamada no es atendida? Pues pasará que el bebé, al cabo de un tiempo, aprenderá que mamá no siempre está cuando él la necesita, se sentirá inseguro y abandonado, considerará que tiene que enfrentarse él solo a un entorno hostil sin tener cerca a la persona en la que confía (y estas enseñanzas las extrapolará a otras situaciones); aprenderá a callar y a soportar (que no gestionar) su estrés y su miedo en silencio, pero no aprenderá a dormir.

No hay que enseñar a dormir; hay que acompañar al que duerme.

En la blogosfera maternal estamos de enhorabuena: acaba de nacer una web, El debate científico sobre la realidad del sueño infantil, en la que toda la información sobre el sueño infantil, basada en la evidencia científica, se publica y mantiene al día. Sus autoras, María Berrozpe y Gemma Herranz, madres y doctoras en diferentes disciplinas, han creado este espacio en el que os recomendamos bucear.

Como dicen las autoras en su presentación: “no hay verdadera libertad de elección sin formación e información”.

¡Feliz lectura y felices sueños!