Agitación del amamantamiento

publicado en: Lactancia en general | 6

Durante la lactancia, nuestros principales acompañantes biológicos y psicológicos son las hormonas y el instinto. Ambos nos sumen, en múltiples ocasiones, en un mar de sensaciones que son difíciles de controlar. También verbalizarlas es una tarea hercúlea, pues esos sentimientos nos alejan de nuestra parte social y nos funden con nuestra naturaleza animal, mamífera, primaria.
Uno de esos momentos que se da sobre todo en lactancias con niños más mayores, o, mejor dicho, menos bebés, y en lactancias durante el embarazo o en tándem, es la llamada “agitación del amamantamiento”. Algo de lo que, como sugiere Alicia, asesora voluntaria de Sina que firma este artículo, no se habla por vergüenza, confusión, miedo al rechazo…
El relato de Alicia es el de muchas madres y le agradecemos enormemente que haya puesto palabras a esta fase de muchas lactancias, tan desconocida como silenciada.

 

 
Alicia y su hijo Miguel

Hay algo de lo que se habla poco, aunque últimamente se empieza a oír más. Es la “agitación del amamantamiento”. Es algo de lo que se habla entre susurros en los foros de maternidad, pues las madres que lo sufren lo llevan con muchísima vergüenza, como si fuese un crimen inconfesable.

Después de mis inicios difíciles en esto de la lactancia, de formarme como asesora y de defender a capa y espada que mi hijo mamaría hasta que ambos decidiésemos. Un día cuando mi hijo contaba con unos dos años y medio, me encontré con una situación muy extraña. Cada vez que mi cachorro venia a buscarme para mamar, yo me sentía fatal, el malestar llegaba a ser físico… no quería darle pecho. Fue un shock darme cuenta de lo que pasaba, afrontarlo y cuando fui a buscar información sobre ello, me encontré con un muro de silencio bastante descorazonador. Solo encontraba algunos retazos de información, donde otras madres decían sentirse como yo, agobiadas, superadas por sus lactancias, pero solo recibían criticas, ninguna solución. Así que hice lo que hago siempre, escuche a mi instinto y acudí a mis conocimientos como asesora.

En primer lugar eliminé las tomas fuera de casa, de esa forma ya reduje algunas de ellas y empecé a notar que mi “agobio” decrecía. Un poco más adelante cuando mi hijo me pedía teta a lo largo del día le preguntaba si tenia hambre o sed, su respuesta solía ser no, pero si le “cambiaba” la toma por estar en brazos, jugar un rato o prestarle un poco de atención, aceptaba encantado… de esa forma me di cuenta de que la petición de teta no obedecía tanto a una necesidad nutricional como a una necesidad emocional. De este modo fui quitando aún mas hasta quedarnos con una única, la de irnos a dormir (la toma de mitad de la noche se la había sustituido por agua hacía unos meses). En ocasiones durante este año si ha estado enfermo, he aumentado las tomas o si ha tenido alguna pesadilla, pero en general, al establecer un arreglo que nos beneficiase a ambos, mi inquietud, mi agobio desapareció permitiéndome seguir con mi lactancia.

Debemos recordar por encima de todo, que en esto de la lactancia, somos una diada, mama y bebe y ambos deben estar contentos con amamantar. ¿De que nos sirve tener una lactancia que se prolongue en el tiempo si cada vez que nuestro cachorro se acerca a nosotras en busca de alimento deseamos salir corriendo?

Por eso, llegado el momento (siempre que hayas superado las recomendaciones de la OMS), debes olvidarte de la culpabilidad y encontrar un compromiso que te haga recuperar esos momentos de complicidad con tu hijo (o hija) y recordar que no solo somos depósitos de leche, también somos personas con sentimientos y derecho a decidir.

Alicia.