Baby Boom: violencia obstétrica televisada

publicado en: Parto / embarazo, Reivindicación | 2

 

Era viernes por la noche. No me encontraba bien. Un resfriado me rondaba y mi cabeza parecía que iba a estallar. Como tantas otras veces, me había quedado dormida dándole el pecho a mi hija. La dejé en la habitación descansando, calentita, relajada y feliz… Cuando la observo dormir, vienen a mi cabeza un montón de imágenes, pero sobre todo las de los primeros momentos tras su nacimiento. Su olor tan especial, su cara y sus ojos escrutándome, reconociéndome. Me recuerdo reflejada en una mirada como nunca antes me había visto. Rememoro la imagen de mi bebé recién llegada a este mundo, cuando hacía unas horas estaba dentro de mí; veo otra vez la escena: mi bebé ya no estaba en mí, era nuestro primer distanciamiento y ella me miraba registrando con esos ojos tan tiernos cada centímetro de mi cuerpo.

Salí de la habitación navegando entre esos recuerdos y sensaciones.

Y durante un rato, mientras estuve en el sofá de casa dormitando, seguí hundiéndome en esas imágenes, esos olores, ese tacto suave que me enamoró. Evoqué la luz tenue de la habitación, una matrona que estuvo ahí sólo cuando la necesité, el calor del agua durante la dilatación, las sensaciones de los pujos y mi cuerpo animal haciendo lo que el instinto le decía en cada momento.

Nunca olvidará mi cuerpo la sensación del cuerpecito de mi hija cuando por fin salió de mí. Tras su cabeza, el resto resbaló entre mis piernas… fue como tantas veces había visto en los partos de los animales, como tantas veces había imaginado, como tantos partos de mujeres visionados en los que el lado mamífero latía con fuerza.

Me gusta sumergirme en esos recuerdos y cada noche repito ese ritual desde hace más de dos años. Pero el viernes pasado fue diferente.

Me sacó de la ensoñación un puñetazo violento. Algo me golpeó demasiado fuerte e hizo añicos la atmósfera cálida que envolvía mi mente.

Fueron unas imágenes y unas palabras que llegaron entre brumas. Una mujer estaba en la tele a punto de parir. Ella,  que ya había tenido otros partos, era tratada como una niña-muñeca en manos de una matrona. Ella, que en un parto anterior, sin epidural y bastante rápido, según sus palabras, había dado a luz a un bebé de cuatro kilos. Y la matrona le decía que  era una campeona por eso (y yo pensé que no era una campeona; era una mamífera que había tenido a su bebé). El parto iba deprisa y el bebé estaba alto y era grande, según comentarios de la matrona. Y entonces siguió una batería de preguntas a las que yo veía responder a esta madre como podía, entre contracción y contracción, dejando de lado SU PARTO, su cuerpo y su mente de parto. Veía luchar al instinto contra la razón. Porque en un parto no debe existir la razón. Somos instinto en ese momento y debemos dejar que la naturaleza nos coja de la mano y nos lleve.

Algo se removió dentro de mí. Algo se contrajo. No entendía nada. Veía un paritorio con un montón de aparatos, con mucha luz (demasiado blanco), yo quería una luz tenue para esa madre. Había demasiada gente. Demasiadas preguntas: cuánto era el peso estimado del bebé (¿para qué?), cuánto había engordado en su embarazo (¿a qué venía eso?) Pero lo peor venía después de que esas preguntas fueran contestadas por su marido, ya que ella no podía más que atender como podía a su cuerpo. Lo más violento era ser espectador de cómo puede menoscabarse la confianza en una misma de una mujer. Frases pronunciadas por la matrona como “me estáis asustando” (por el peso del bebé), “¡madre mía esta mujer!” (por el peso que había cogido la madre). ¿Y fuera de paritorio? Denigrante: “yo quería una secun facilita (risas)”, “ha engordado veinte kilos (risas de las compañeras y comentario de una de ellas: “¡qué bien te lo vas a pasar!”). Y otra vez la matrona  que volvía a la carga en el paritorio: “en principio yo entiendo que no quieras la epidural” (y yo me decía: no, no lo entiendes en absoluto); “en principio vamos a intentar no ponértela… es que el niño es muy grande” (¿vamos a intentar NO ponértela? ¡Como si fuera necesaria!). La madre se inquietaba con cada frase de su matrona. Yo me subía por las paredes…

Y finalmente, la madre claudicó. La matrona venció. Pudo conseguir poner a la mujer a sus pies, que se dejara hacer como una muñeca, vulnerable, atemorizada, desconfiando de su capacidad para parir como toda mujer… ¡para parir como ya había hecho en una ocasión anterior! Aceptó la epidural. Al cabo de un momento llegó la anestesista. La mujer lloraba. Parecía poco convencida con su decisión. Había que persuadirla. “Yo creo que va a parir bien, pero que, por si acaso, no está mal que esté con analgesia”, dijo la anestesista. El alma se me cayó a los pies;  la madre, sola ante ese entorno hostil, a punto de parir, vulnerable como nunca, no pudo luchar más. Es difícil luchar cuando te amenazan con que algo va a fallar, con que tu bebé podría salir malparado por una decisión tuya que a los demás se les antoja un capricho de niña malcriada.

La administración de la epidural fue un suplicio. Las contracciones no le permitían ser una buena chica y estarse quieta. Y ella quería ser lo que el mundo le pedía ser, pero su cuerpo se rebelaba. Pudo la razón contra el instinto.

En un parto rápido y sin complicaciones, entorpecido por una anestesia innecesaria como todos habíamos preconizado (anestesista incluida), llegó su niño al mundo.

A los diez segundos de estar encima de su madre, los separaron, se llevaron al bebé... para pesarlo…

A unos metros, en otro paritorio, estaba otra madre a punto de parir. Según la locutora, ” va a dar a luz su tercer hijo y lo va a hacer sin epidural y sin oxitocina”. Lo contaba como algo extraño, como si fuera a dar a luz haciendo el pino o subida a la rama de un árbol.

La matrona también tuvo su papel. Tuvo que enseñarle a hacer las cosas porque debió encontrar algún fallo en el perfecto cuerpo de una mujer de parto, un cuerpo como el de todas las mujeres, preparado para parir. “No empujes todavía” le espetó la matrona, a lo que la mujer contestó “si no puedo… ¡empuja ella!” “Vamos a ponernos de acuerdo” insistió la matrona “si te digo que no empujes, aunque el cuerpo te pida empujar, sopla” y continuó: “tu cuerpo te va a pedir lo contrario a lo que yo te diga”.

La niña nació en un parto vaginal no instrumentalizado. Los pujos habían sido dirigidos, el parto no fue respetado ni respetuoso. Menos de un minuto después de nacer, le clamparon el cordón.

El resto del programa fue más de lo mismo.

No sólo asistimos los espectadores a una vulneración de los derechos del paciente, como viene determinado en el BOE, en lo referente al consentimiento informado, libre elección, el derecho a la intimidad, derecho a la autonomía del paciente; también se hizo caso omiso en todo momento al Plan de Parto y Nacimiento elaborado por el Ministerio de Sanidad, a las recomendaciones de la OMS sobre el Nacimiento, así como a las evidencias científicas publicadas por la OMS relativas a la atención durante el parto.

Esa noche no dormí bien. Hoy tras escribir esto tampoco lo haré. Éstas y muchas otras mujeres vendrán a mi mente antes de cerrar los ojos. Y una pregunta, que nunca llegarán a contestar tantos y tantos intervencionistas innecesarios:

¿PARA QUÉ?

Zule
Madre voluntaria de Sina

 

Estrategia de atención al parto normal en el Sistema Nacional de Salud

Recomendaciones de la OMS para un parto más seguro, humano y respetuoso

Listado de evidencias científicas sobre las recomendaciones de la OMS

 

2 Respuestas

  1. karminha

    Gracias Zule!!!!
    Leyendo tu post, agradezco que mi tele no sintonice la Sexta… sino no hubiera podido evitar ver el programa y sentirme tan mal como te sentiste vos…
    Un beso muy grande

  2. Me siento identificada con la mujer, me senti pequeñita, pequeñita, a merced de ellos en mi primer y unico parto!!! Y me quedaron muchas secuelas en todos los aspectos!!
    Que impotencia!!!

Comentarios Cerrados.