“¿En qué consiste el parto?” por Consuelo Ruiz Vélez-Frías

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Agradecemos a Mª Àngels Claramunt el habernos hecho llegar este texto inédito de la inolvidable  Consuelo Ruiz Vélez-Frías y permitirnos compartirlo en el blog de Sina.

Grupo de Trabajo Comunicación y Reivindicación (Sina)

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¿En qué consiste el parto?

Soft Birth, por Dana Leggett

Es la fase más breve, fácil y segura de la reproducción y la única que, dado el caso, la mujer puede realizar completamente sola, aunque ello no sea deseable, no por la parte física, sino por la psicológica porque el parto provoca una emoción tal que es conveniente compartirla con una persona amada, el más indicado de todos, el padre del bebé que es bueno que comparta su nacimiento.

El parto es la etapa final, aquella en la que se recoge el fruto, es resultado de una larga espera, el momento en que se satisface una gran ilusión.

Físicamente el parto no es más que un simple trabajo muscular. Las fibras longitudinales del útero “tiran” del cérvix hacia arriba, hacia el fondo del útero, al contraerse, al disminuir su longitud, obligando a que el cérvix se acorte, se aplaste y desaparezca, absorbido por la parte inferior del útero.

Tras un descanso más o menos breve, las contracciones se reanudan, dirigidas siempre hacia arriba y van agrandando poco a poco el orificio cervical, a lo cual contribuye la bolsa de las aguas, cuya elasticidad permite que se insinúe dentro del  orificio, por pequeño que éste sea.

A cada contracción, el útero se achata y se achica y el agua que no puede achicarse, lo que hace es tomar presión y expande la parte de la bolsa introducida en el orificio, con la fuerza, hidraúlica, a la vez suave y potente del líquido contenido en ella.

Dibujo de Dana Leggett

Cuando la dilatación alcanza un diámetro entre 8 y 10 centímetros, si el feto está en su debida posición, el primer diámetro que presentará a su salida será el bioccipital, unos 7 cm. Si la mujer permanece en pie, el feto caerá en la vagina por su propio peso, lubricado por el vernix caseoso, destinado, precisamente a hacerle resbalar.

La vagina es de un tejido sumamente elástico y está separada del recto por un tabique muy delgado. La parturienta tiene la sensación de tener el recto excesivamente ocupado y su cerebro se persuade también de ello.

A la salida del feto, el útero se retrae, las contracciones cesan y hay en período de descanso, como una recuperación  de fuerzas preparándose para el alumbramiento, pero la mujer está muy molesta, con aquel bulto empujando contra el tabique recto/vaginal y el cerebro decide dar la orden de vaciar el recto, por el mismo procedimiento que se vcía siempre, por la contracción de los músculos abdominales, presionan de afuera a adentro y obligan al feto a salir, pero éste se encuentra en su camino un obstáculo inesperado: por la parte posterior ha  salido ya parte de la cabeza, desde la coronilla al cogote, pero por delante, la cara está aún dentro de la vagina.

Las eminencias frontales se han quedado paradas contra el pubis materno. Para colmo de desdichas, el periné ha decidido convertirse en canal blando del parto e impide la salida del feto, colocándose, como si fuera un capuchón sobre la cabeza fetal. ¡Vaya un problema! En el hospital lo arreglan rápidamente, con un buen tijeretazo, pero merece la pena pararse a pensar ¿por qué se comportará el periné en el parto de un modo tan extravagante?

El organismo humano es una máquina perfecta, todo vale para algo, cada órgano, cada parte del cuerpo, tiene una misión útil y concreta. Ya se sabe que el periné es el suelo del abdomen que ejerce un importante papel coadyudando a sostener en su debida posición las vísceras abdominales, pero esa intrusión en el parto, como para no dejar salir al pobre feto, tratando de impedir o, por lo menos, retrasar su llegada a este mundo.

Dibujo de Dana Leggett

Le di muchas vueltas en mi magín a este problema y, de repente hallé, como por milagro, la solución: La Naturaleza ha previsto que para el feto es un gran “choc” encontrarse, de pronto en un Mundo desconocido y, de momento adverso. Y ha encargado al periné que se encargue de que el feto salga despacito, poco a poco, suavemente.

¡Pobre periné! Se juega la vida por evitar que el feto sufra al nacer bruscamente. ¡A me daba pena ver como que ponía pálido, transparente, casi como un cristal y tan frágil como si lo fuera!

A todas las comadronas de mi época, nos enseñaban a proteger el periné, en la Escuela de Matronas, en las Maternidades de las que entonces había varias  muy buenas, lo aprendíamos unas matronas de otras, discutíamos si la maniobra de Olshausen era mejor o peor que la clasica de Bumm.

Que  el periné quedara intacto, como si la mujer no hubiera parido, era motivo de orgullo profesional para todas y cada una de nosotras. Protegíamos los perinés con suavidad y amor, ibamos retirando, poco a poco nuestras manitas, mientras el periné se iba arrugando de nuevo y detrás de la frente surgían los ojos, la nariz, la boca y la barbilla del feto que salía como no por arte de birlibirloque, sino gracias a que el feto sabía hacer, sin que nadie se lo hubiera enseñado, aquellos cuatro movimientos, de rotación interna, flexión, deflexión y rotación externa, que todas habíamos estudiado.

No sé si a mis colegas les pasaba lo que a mí, que me quedaba extasiada y maravillada al ver con cuantan precisión y limpieza los ejecutaban los fetos, ¡como si no fuera la primera y única vez que nacían, como si estuvieran acostumbrados a nacer, a respirar, a mamar! ¡¡Todo lo sabían hacer solos!!

Siendo hijos de unas madres que no sabían parir, pero que tampoco tenían miedo, que soportaban estoicamente los dolores, que creíamos inevitables del parto y se olvidaban de ellos apenas tenían al bebé en sus brazos. ¡Que gratificante era ser matrona entonces, cuando el parto era un grato y alegre acontecimiento familiar, cuando cada bebé no traía un pan bajo el brazo, aunque buena falta nos hacía, sino sonrisas, amor y paz.

Consuelo Ruiz Vélez-Frías

(Autora de “Parir sin miedo“)

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