“Nacer en casa, mi segundo parto”, por Ana Calso Fernández

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Esta es la historia de mi segundo parto. El relato del hombre que me acompañó con amor y me apoyó siempre. Un parto en casa, libre y respetado.

Un parto que fue sólo MÍO.

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“Tres llamadas perdidas en el móvil. No me entero, lo tengo en modo vibración. Pero, de forma instintiva lo vi, y comprobé que mi mujer me llamaba.

Precisamente la esperaba, estaba depilándose. La llamo y de pronto todo cambió: “se me rompió la bolsa, ven a buscarme”.

En mi cabeza empezaron a girar muchas imágenes, mi corazón se aceleró, me quedé un rato que no sabía bien qué hacer. Pero ella parecía tranquila… Fui a buscar el coche y me planté en cuestión de minutos en la peluquería. Ella temblaba, la vi vulnerable, con cara de que ya había llegado el momento.

Pregunté como un tonto, “¿y ahora qué hacemos?” “Esperar, no pasa nada. Hay países en los que puedes estar con la bolsa rota varios días. Si no empiezan las contracciones no estaré de parto”.

Nosotros estábamos nerviosos, pero la peluquera no atinaba. Salimos, entramos en el coche y ya nos relajamos. No pasa nada, llegará Selina. Vivamos el proceso de forma tranquila. Llevamos mucho tiempo preparando esto. Mi mujer me da la seguridad de que lo tiene controlado; maneja mucha información, sabe muy bien qué hacer en cada momento. No sabíamos si iban a pasar muchas o pocas horas antes de ponernos de parto, así que, tranquilamente, nos fuimos a buscar a nuestra hija a la casa de los abuelos.

En cuanto los abuelos, más la abuela, se enteran que ha roto aguas casi nos llaman hasta una ambulancia. Resulta muy de película lo que la gente piensa que son los partos. Todo el mundo converge a la misma idea: “¡Al hospital! ¡Y además a toda leche!”.

Por eso nos vamos los tres para casa, eran las 8 de la tarde. Las contracciones comienzan a llegar. “Churri, estamos de parto”, me dice serenamente. Sabemos que no tenemos esos dos días de espera incierta… pero calma. Llegamos a casa, mi mujer se fue a asear, llamó a la matrona y a nuestra amiga, experta en parto fisiológico, que nos daba mucha tranquilidad tenerla en casa. Aunque estuvo todo el rato casi no la vi…. Era invisible…

Bajamos todas las luces, la niña cenó, se cambió y su mamá le leyó un cuento, como todas las noches, y le cantó una canción, como todas las noches. Nuestra hija se durmió sin saber que al día siguiente todo sería muy distinto en su vida, en nuestras vidas. Pero así somos de frágiles los humanos, vivimos sin saber que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento; que nos puede cambiar todo de forma radical.

Pero dormir a la niña, llegar a casa, ponerse a hacer cosas, subir y bajar las escaleras, todas esas cosas pararon las contracciones. Llegó nuestra amiga, y nos trajo calma, paz, confianza, armonía. Las dos mujeres, amigas y cómplices. Mi mujer subió para nuestra habitación, sola, encendió una docena de velas esparcidas por la habitación que cuidadosamente habíamos ido recopilando durante el embarazo. Allí se relajó, se subió en la pelota de dilatación, se concentró en sí misma y en el bebé. Respiró, y al cabo de unos minutos, todo volvió a comenzar. A las 11 de la noche ya tenía contracciones cada 12-15 minutos, y estábamos de parto.

En esos momentos oí llegar a la matrona. Venía desde lejos. Sacamos todo su material de trabajo. Subió tranquilamente, siempre con mucho respeto, esperando al momento perfecto, escuchando, con mucha capacidad para empatizar. Observó que la mamá y el bebé estaban bien. Ya estábamos todos los que teníamos que estar esa noche: Nuestra hija de 3 años durmiendo plácidamente, una buena amiga preparando algo de cena, la matrona preparándose… Mi mujer y yo, en nuestra habitación, tranquilamente con una gran intimidad, creando un clima de paz y armonía como hacía mucho que no sentía. Iba a tener mi segunda niña y me encontraba relajado, tranquilo, con mi mujer en brazos, o dándole masajes o simplemente besándola. En ese momento sentí una gran admiración por ella, por todo lo que ha tenido que pasar hasta llegar este día. Por la fuerza de superar otro parto, cuando el primero fue muy duro, aterrador visto con retrospectiva.

En todo momento, veíamos que era un lujo estar en casa, en nuestro hogar, en nuestra cama, en plena libertad, perdidos de las luces, las enfermeras exigentes y del médico que, siempre, es el centro de atención. Nos reímos, hubo momentos de gracia. “Churri, estoy fenomenal, ¡para subir una montaña!” Y es que las contracciones eran diferentes al primer parto con oxitocina, dolían, porque es inevitable, pero parecía que se controlaban mucho mejor.

Cuando las contracciones se hicieron más intensas, bajamos al salón. Allí, y tengo fotos, mi mujer se puso al ordenador a enseñarle cosas a sus amigas. Y yo pensé, “esto es increíble, las 12 de la noche, con contracciones, y ahí están, en el ordenador”. Se me estaban cayendo los pocos mitos que me quedaban respecto al parto. Esto es algo natural, que hay que afrontar con tranquilidad, con las redes de seguridad necesarias, pero con la absoluta normalidad. Lo contrario: nervios, luces, acción y patas arriba con oxitocina… tiene que acabar mal, casi por definición.

Bebimos, cenamos algo, pero a medida que las contracciones eran más intensas y más cortas, mi mujer y yo nos fuimos uniendo más y ellas fueron desapareciendo. En todo momento estuve cómodo, íntimo, estaba conectado con mi mujer, no había nada más. Las luces apagadas, el silencio, la tranquilidad del hogar… En ese momento de intimad ella decide acabar la película que habíamos empezado la noche anterior, “Princesas”. Una película desgarradora, real, auténtica, emotiva, y ahí estábamos pasada la media noche con el final. Fue un momento muy intenso. Cada tres minutos, algo menos, poníamos la película en pausa, una contracción llegaba, la afrontábamos entre los dos, normalmente era de rodillas junto a una mesa pequeña del salón. Empezaban a ser duras, pero todo estaba controlado. Ella mostró siempre mucha fuerza para afrontar las contracciones, y se recuperaba enseguida, dábamos rápido al botón del play.

Una vez acabamos de ver la película, las contracciones ya eran más y más intensas. Y aún nos replegamos más, nos unimos ella y yo, conectamos más y más. Sorteamos cada contracción como un surfista sortea una ola, una a una, sin pensar en la siguiente. La clave era superar esas contracciones. Fue duro, la vi sudar, gritar, pero siempre con una gran fortaleza. Fue agotador porque fue un momento muy intenso que ha podido durar algo más de dos horas.

Poco a poco íbamos entrando en el momento del expulsivo, se pasaban las 3 de la mañana. Fueron 30 minutos duros, difíciles pero con un gran final feliz. Ella perdía la noción, a ratos pensaba que no podía, que se iba a partir, que era imposible. Pero pronto se sobreponía a la siguiente contracción. Gritaba desde lo más profundo, pero podía hacerlo porque estaba en su casa, con su gente y sabía que tenía la libertad de hacerlo, sin juicios absurdos.

Poco a poco buscó su postura. Nunca sabrás cómo vas a parir hasta que llegue el momento. En el sofá, de rodillas, la agarré de las manos, le puse paños fríos, superamos el expulsivo poco a poco. La matrona tranquila, con palabras de ánimo, diciendo que ya estaba aquí, que estaba todo bien, que lo hacía muy bien. Pero con voz tenue, en ningún momento nadie perdió los nervios ni la calma. Las protagonistas de esta película eran la mamá y el bebé, los demás estábamos para ayudar, para compartir.

La cabeza de mi hija ya se veía. Nuestra amiga, siempre ahí sin estar, se puso en mi lugar, tomó las manos de mi mujer. Yo fui al otro lado, a ser espectador privilegiado para ver nacer a mi niña. Fue algo que no puedo describir, por mucho que quiera hacerlo. Vi salir poco a poco a mi bebé; la matrona nos pedía calma, sin tirar, sin forzar, no quería desgarros importantes, no podemos apurarnos en el último momento. Y así fue como salió su cabeza, después el hombro y, de repente, ahí estaba mi niña fuera, increíble. Dios mío, yo parecía que había llegado de hacer footing, sudaba, estaba excitado y en cuestión de segundos la niña estaba en el pecho de su madre.

Lo que más me llamó la atención, lo que verdaderamente me ha hecho cambiar radicalmente mi visión del parto, es el estado de tranquilidad de la cría. Estaba completamente tranquila, lloró un poquito, echó el meconio, pero nada más llegar al pecho estaba ahí como si llevara meses. Fue un momento de conexión madre-hija también indescriptible. Corté el cordón cuando paró de latir. Todo a su momento. Fue una gran experiencia para mí. Todo lo duro que es el proceso se va diluyendo con la capacidad y autoestima que vas adquiriendo cuando ves que todo es posible; que tener un bebé es algo maravilloso y que es una experiencia única para las parejas; que robar y lastrar esa experiencia con protocolos absurdos debería ser un delito contra el derecho de la intimidad de personas sanas que libremente han decido tener un bebé. Tener acceso a una seguridad médica no debería implicar la pérdida de dignidad.

A las 3:35 nació Selina. La cara de mi mujer mostraba dolor, pero también seguridad, amor, y el sabor de una prueba superada. La placenta tardó un poco, pero no había prisa; es algo duro porque parece que es un segundo parto… y también duele, cuando piensas que todo ha acabado. Es como cuando llegas a la meta y te dicen que no, que estaba mal pintada y que son 100 metros más allá. Esos 100 metros son terribles…

Pero estábamos bien, mi hija en una mantita en los brazos de su mami, a veces de su papi. Maravilloso. Fuimos recogiendo todo y a las 6 de la mañana la casa estaba completamente en calma. Madre e hija en nuestra cama, dormitando, conectándose para toda su vida. En ese momento quedé solo. Emocionado, traté de digerir todo lo que había pasado, que fue mucho e intenso, pero maravilloso. No tenía sueño, desbordaba fuerza y entusiasmo por los cuatro costados.

Me duché y cerca de las 8am oí “¡papá!, ¡papito!”, era mi hija mayor. Me fui para su habitación, la abracé, le di muchos besos, como todas las mañanas. Pero ese día era distinto, especial. Le dije, “Mi amor, esta noche ha nacido tu hermana”. Y contestó, “¿a dónde?”. Le dije que en casa, en el salón, mientras ella dormía, y que ahora estaba con mamita en la cama. Se puso nerviosa, emocionada, y fuimos a la habitación, mamá estaba espléndida, Selina guapísima, y el encuentro fue realmente emotivo. Un día para recordar.”

http://atravesdelainfancia.blogspot.com

¡ENHORABUENA, ANA Y FAMILIA!

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“Mi fenomenal parto en un hospital normal”, por Ana Calso Fernández

2 Respuestas

  1. Mi más sincera admiración y felicitación. Por el parto, por haber podido solucionar la anterior herida, por el milagro de la Vida sentido desde lo más profundo del ser. Por Ana y por sus hijas, este es un vínculo que les ata de por vida pero de una manera, si cabe, más especial por la forma en que ella ha sanado su proceso de entrega.

    Y al padre, una persona sensible y amorosa pero que además de sentir con empatía, tiene la capacidad de expresar desde el amor, cosa que, de normal no hacen la mayoría de los hombres (quizás porque no se les ha permitido…)

    Gracias por contar -otra vez- vuestra historia y porque con ella, algunas personas serán capaces de apreciar la diferencia.

    Yo estoy emocionada y feliz por vosotros ¡Bonita manera de afrontar el día! Gracias otra vez.

    Con cariño.

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