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26 cm y 560 g recien nacida ISupongo que no es fácil contar cómo se vive un nacimiento en el que las cosas no salen bien. No soy la única ni la última, por desgracia.

Quería un parto lo más natural posible, iba a dar pecho (siempre he leído que es lo mejor para un bebé), favorecer el contacto físico con mi hija, iba a dar una crianza y educación respetuosa, etc. El embarazo y el parto eran unos momentos mágicos, tanto para mí, como para el ser que venía, unos momentos que marcan para toda la vida y quería que fueran maravillosos para las dos.

No fue como me lo esperaba, pero el que yo tuviera las cosas claras me dio mucha fuerza para tomar las decisiones adecuadas ante situaciones inesperadas.

Empezó mi pesadilla un 10 de diciembre, cuando fui al hospital porque manchaba sangre y me dolía la tripa. Estaba embarazada de 24 semanas, unos 5 meses y medio. Cuando me monitorizaron es cuando descubrí que tenía contracciones, fuertes y seguidas, con el cuello borrado: amenaza de parto. Estuve 2 días sin que se pudieran parar y al final rompí aguas un 12 de diciembre, aguas que estaban sucias. Lo bueno de esos dos días es que dieron tiempo a inyectarme una medicación para madurar los pulmones de mi hija, y darle más posibilidades. Dejaron de pararme el parto: mi hija no tenía ninguna posibilidad dentro y algunas fuera.

Yo sola, en la sala de dilatación, sin saber lo que iba a pasar con mi hija… Entraban a controlarme los cm de dilatación, y salían. Cuando empecé a gritar del dolor, como un animal, entraron, ya estaba de 10 cm y mi cuerpo me pedía sólo empujar. Ellos me decían que no, que esperara, que el médico tenía que ponerse los guantes, así que ni tiempo de afeitarme, ni nada más. En cuatro empujones, salió mi hija, con 24+2 semanas y 560 g.

Salió respirando, moviéndose y ¡llorando!, aunque no pude escucharlo. Vi un montón de gente a su alrededor, y de ella sólo pude entrever un bracito moviéndose. Entendieron que alguna posibilidad tenía y decidieron salvarla. Intubada, subió a la UCI. Me dejaron verla unos segundos, a lo lejos, metida en su incubadora. Estaba en el límite de la viabilidad (con 22/23 semanas se consideran abortos tardíos, por ser inviables).

Los médicos no me hicieron ningún pronóstico (lo primero que quieres saber es las posibilidades que tiene tu hija).

Miré en Internet: sus posibilidades de vivir estaban en un 40 ó 50 % y no miré más, porque las estadísticas son muy duras, y el catálogo de enfermedades y secuelas es muy largo. Pero saber que existían posibilidades de que mi hija viviera, me dio mucha fuerza, porque abrió puerta a la esperanza.

Decidí vivir el presente, luchar por ella pensando en positivo, cada día de más que vivía era un día más de poder estar con mi hija. La esperanza es fundamental en estos casos.

Al día siguiente de nacer, el médico me preguntó si me iba a sacar leche, que era lo mejor para ella, que le ayudaría mucho a prevenir infecciones, me emocioné: ¡¡claro que sí!!!

A partir de ese momento mi vida consistió en sacarme leche cada 3 horas (¡era sagrado!), las visitas al hospital y, sobre todo, el parte médico diario.

843 g 1 mes ILlegó un día en que por fin pude coger a mi hija en brazos, (un mes y pico después de nacer), pesaba 900 g y aún llevaba respirador.

Pasados 2 meses y con poco más de  1.500 g, me  dejaron ponerla al pecho: ¡se puso a succionar! Eso me dio esperanzas y decidí entonces que lucharía por poderle dar el pecho, ya que no había podido tener un parto “normal”, por lo menos tendría la lactancia materna.

Sabía que eso me ayudaría a reestablecer el vínculo entre nosotras, porque es muy duro estar separadas tanto tiempo después de nacer, sobre todo para ella, que estuvo con muchas intervenciones médicas diarias y dependiendo de cables y máquinas. No tuve la suerte de que me tocara un hospital más “moderno” en cuanto a estancia de padres y método canguro, y eso es de las cosas que peor recuerdo: el poco tiempo que podía estar con mi hija.

1300 g dos meses IA partir de ahí, en el hospital, empecé a ponérmela al pecho cada vez que la cogía. La pobre, apenas tenía fuerza para chupar, y se cansaba mucho. Había que darle oxígeno porque le bajaba la saturación de oxígeno en sangre (ni siquiera podía tomar biberón, no tenía fuerza, aún tomaba  mi leche por sonda).

Yo no me asustaba, sabía que era normal, que era un gran esfuerzo para ella, pero que era importante que me la pusiera al pecho, que me oliera, que succionara, para que no perdiera el reflejo.

Cada vez se iba poniendo más fuerte conforme aumentaba peso. Tuvo fuerza para tomar biberones con mi leche. Llegó un momento en que ya me la ponía más al pecho, y ya se intentó el “sistema” del hospital: cada tres horas, 10 minutos en cada pecho, un sistema nefasto, la verdad, porque la lactancia materna tiene que ser a demanda.

La pesaban antes y después para saber lo que tomaba del pecho (en un prematuro es muy importante controlar lo que toma, porque es primordial el aumento de peso). Creo que, salvo algunas veces contadas, en las que tomó 10 ó 20 ml, nunca consiguió realmente tomar mucho del pecho.

Creo que las pesadas comenzaron cuando tenía 1.700 g más o menos. Pero yo no me daba por vencida, sabía que no podía dejar de ponérmela al pecho, que algún día tendría fuerza para tomar. Yo además, necesitaba ponérmela, sentir su contacto conmigo, sentir nuestra unión. Creo que dar el pecho era casi tan importante para mí, para nuestro vínculo afectivo, como para ella.

Esta rutina hospitalaria siguió así hasta el alta, después de más 3 meses de hospital (2 de UCI). No voy a contar todas las vicisitudes médicas que pasó, algunas muy graves, (incluida una operación de corazón cuando apenas contaba con 800 grs.), pero mi hija salió victoriosa de todas ellas: se recuperó completamente.

Llegó a casa con 2.525 g, no conseguía aún que tomara pecho, sacaba muy poco, y completaba siempre con biberón de leche materna.

comparacion 2 y 3 meses

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Lo intentaba en cada toma, no me desanimé para nada, porque sabía que con constancia, se podía conseguir. También era importante que mi hija buscara el pecho, no lo rechazaba, a pesar de tomar su alimentación (mi leche) por biberón.

En casa, seguí con el sistema: le daba pecho primero, y completaba con biberones. Recuerdo la locura: tenía que darle pecho y sacarme también leche para preparar los biberones, que tomaba cada 2/3 horas.

Decidí, sin consultar con nadie, porque en aquella época no conocía los grupos de apoyo a la lactancia, que poco a poco iría quitando los biberones.

La obsesión de toda madre, y sobre todo cuando ha tenido un bebé de poco peso, es el aumento de peso. Conseguí una báscula para casa y me tranquilicé un poco, porque podía controlar su aumento de peso.

Así que empecé a quitar una toma de biberón y dejarla al pecho solamente. Luego progresivamente, quité otra, y luego otra, etc.

Es realmente un poco duro, pero vale la pena: cada vez me costaba más sacarme leche con el sacaleches, y el estímulo de mi hija era también necesario para mantener mi “producción” de leche.

Así que la dejaba al pecho todo el rato que ella quería, que en su caso podía ser 1 hora o más, y no completaba con biberón. Me esperaba a la toma siguiente, que es cuando sí le completaba con biberón.

Así, poco a poco, fui espaciando las tomas de biberón. Eso sí, ella estaba casi complemente prendida de mi pecho, me lo reclamaba constantemente. Y yo la dejaba, porque prefería que tomara del pecho, aún a costa de que la tuviera mucho rato, que darle biberón. Entendía además que mi hija necesitaba mi contacto, oírme, olerme, porque ella también había vivido una separación traumática nada más nacer, y entiendo que el buscarme el pecho tan a menudo era una mezcla de muchas cosas: poca fuerza para chupar, su manera de comer (aún hoy come así: varias veces al día, pero no mucha cantidad), y sobre todo el sentirse arropada por su madre, mi amparo…

7 mesesAsí que en el periodo de un mes más o menos, conseguí quitar todos los biberones salvo el de la noche, éste me costó un poco más prescindir de él, pero más por mis miedos a enfrentarme a su alimentación sólo con el pecho, sin ninguna “ayuda”, pero el día que dejé ya este último biberón, fue como una liberación definitiva.

De peso iba aumentando bien, y eso era lo más importante, así que no importaba tenerla todo el día prendida de la teta y de los brazos (no podía dejarla sola en la cuna ni durmiendo, si notaba que estaba sola se despertaba y lloraba). Luego he leído que les pasa a muchos bebés, aún teniendo un parto “normal”, les llaman bebés de alta demanda.

Pero yo también era una mamá de “alta demanda”, viví esta época como una simbiosis, no éramos dos, formábamos una unidad. Recuerdo que para ducharme o cualquier otra cosa, me buscaba brazos “sustitutos” (mi madre, mi marido).

15 meses ICreo que la maternidad es eso, sé que muchas madres no lo pueden soportar, que ven como una barbaridad o un suplicio estar tan apegada a su bebé (habría que analizar el porqué, creo que muchas gente descubriría muchas cosas de sí mismo si analizara ese sentimiento de rechazo al contacto físico y proximidad con su bebé).

Para mí fue una época necesaria para ella y para mí, y la disfruté mucho. Además considero que es lo natural, lo que nuestra naturaleza nos pide, así es en todos los mamíferos (eso somos también).

Por supuesto mi hija, poco a poco, fue regulando sus tomas del pecho, a su ritmo. Pasó de estar todo el día al pecho, a regular por sí misma las tomas, progresivamente. Cada vez se fueron espaciando más, hasta llegar a una separación de más o menos 2 horas, día y noche.

18 meses IHasta los 2 años su alimentación principal fue la leche materna. Yo le ofrecía comida, de todo lo permitido según su edad, pero a ella no le llamó especialmente la comida hasta pasada esa edad. Picoteaba de todo, y durante todo el día,  pero no comía más de 4 cucharadas seguidas de un plato. Yo estaba tranquila, porque al darle pecho, sabía que tomaba lo que necesitaba. De hecho fue creciendo sana, a un ritmo normal.

Pasados los 2 años  de manera natural y poco a poco ha ido adaptando sus hábitos al de los “mayores”.

30 meses IHoy en día mi hija es una niña complemente sana, que sigue tomando el pecho (va a cumplir 4 años el próximo diciembre), que no tiene ninguna secuela de su parto tan prematuro, y que ha tenido un desarrollo totalmente normal y sano, como un bebé nacido a  término.

Para mí y para ella, la lactancia materna fue una tabla de salvación, que no sólo implicó muchas cosas a nivel alimenticio y de protección, sino también recuperar nuestro vínculo afectivo, y compensar un poco lo vivido durante los más de 3 meses que duró su estancia hospitalaria.

Espero que este relato dé ánimos y optimismo a todos aquellos padres que tengan que pasar por algo similar.

Inés, mamá de Héjole

Valencia, 20 de agosto de 2009

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4 Respuestas a “Héjole, una prematura y su lactancia materna”

  1. Guadarrama dice:

    Un relato que pone la carne de gallina, precioso y conmovedor. Gracias

  2. Concha dice:

    No te puedes imaginar como me ilusiona saber que existen mamás como tu. Me da una nueva esperanza en este tema de la lactancia y la crianza con AMOR.
    Felicidades por tu valentia, por tu coraje.
    Y tienes una niña preciosa.

  3. Sole dice:

    Ya hace casi un año de este precioso artículo, lo he leido hoy por primera vez y me he emocionado, gracias por vuestras enseñanzas, las de tu hija y tú. Pienso que en este mundo nuestro todo es posible. Las mujeres podemos conseguir cualquier cosa movidas por AMOR. Felicidades y mil gracias por tanta esperanza.

  4. texy dice:

    Madre mia,apenas puedo ver las teclas del ordenador,me habeis emocionado muchhhisimo,que bonita lucha,precioso relato que toca directamente al corazón.
    Garcias por compartirlo.
    Una abrazo campeonas!!